Esto es lo que te impide tener lo que quieres

Tengo varios años indagando en mi espiritualidad, creo que es una de las dimensiones del ser que más dejamos a un lado. Tenemos prejuicios respecto a la espiritualidad, porque la asociamos con religiones. Pero, con eso solo estamos limitando todo lo que implica ser espiritual.


Lo mismo sucede cuando hablamos de Dios. Por lo general, es un concepto que trae consigo mucha polémica, debate y confusión. Porque para la mayoría solo es un concepto, no una verdadera experiencia. Puedes discutir, rechazar, argumentar y desechar un concepto, pero ¿quién puede negar una experiencia? Ante eso, nadie puede discutir mucho.


Por otra parte, nuestra relación con eso que llamamos “Dios” es bastante conflictiva, tanto para los que creen, como para los que no. Como humanos, tenemos deseos, por lo tanto, si se cumplen o no siempre debe haber un responsable y ese, muchas veces, es Dios, el Universo, la Fuente, la Inteligencia Superior, como lo queramos llamar.



A mí, particularmente, la espiritualidad me ha servido para sentirme más y más tranquila. Si para algo vamos a cultivar el espíritu es para sentirnos mejor, no más angustiados. No obstante, hay quienes usan la espiritualidad para sentir más culpa, más miedo de “Dios”, más sufrimiento, más juicio y más crítica.


Deseamos muchas cosas, pero luego sentimos que no las merecemos, porque ¿quién puede ser digno de felicidad? Eso no agradaría a “Dios”. Dios quiere que suframos para potenciar nuestra humildad. ¿Has pensado lo absurdo que suena eso? Si existe un Dios, créeme que jamás querría tu infelicidad, ¡No tiene sentido! No le haces un favor a nadie.


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¿Importa el cómo o importa el qué?


Entonces, suponiendo que solo crees en el mundo y la vida real, ya habrás entendido que está un poco demente todo allá afuera. Tú no puedes hacer demasiado para cambiar demasiadas cosas, así que solo haces lo mejor que puedes.


Sin embargo, continúas deseando cosas, sabes muy bien qué es lo que quieres, al menos sabes de una cosa, como mínimo. Pero, en vez de concentrarte en eso, estás buscando maneras de resolver el cómo eso va a llegar a ti.


Enfocarte en el cómo, es garantizarte una gran frustración ¿Por qué seguimos empeñados en imponer nuestras fantasías? Sí, son fantasías porque la verdad es que generalmente las cosas llegan de un modo que no esperábamos y de ahí lo lindo que es sorprenderse.


No sabemos nada, de nada


Tú y yo no sabemos nada. En algún lugar, que desconocemos, hay una Inteligencia que resuelve asuntos, insisto, puedes llamarlo como quieras, pero esa fuerza que todo lo mueve es la misma que se encarga de darte lo que quieres, siempre y cuando estés receptivo a ello.


¿Cómo es estar receptivo? Quizás deseas algo con demasiada fuerza y crees que eso es estar abierto a recibirlo, pero lo más seguro es que solo sea ansiedad, sentido de urgencia y carencia. Eso no es estar receptivo, es todo lo contrario.



Estar receptivo es actuar con la tranquilidad que te brinda saber que tú estás haciendo lo mejor y que algo superior se está encargando del cómo y del cuándo. Tú solo sabes que eso que deseas llegará porque estás enfocado y entusiasmado, pero si esa llamada del cliente no llegó, o si el contrato que esperabas no se cerró, no haces gran escándalo, porque sabes que de un momento a otro se materializará.


¿Te suena familiar? Pues sí, es lo que todos los emprendedores de éxito, conscientes o no, te dicen todo el tiempo. Que no importa cuántos “no” te digan, eso solo quiere decir que el “sí” está cerca. Que perseveres, que si continúas enfocado y haciendo lo que debes, el éxito llegará. ¡Es lo mismo!


Tú no sabes nada, ni el cómo ni el cuándo, déjale eso a la vida, el universo o en quien carajos creas.


¡Solo es miedo!


El problema radica siempre en que tenemos miedo. Miedo de que no ocurra, miedo del futuro, miedo del fracaso, miedo de no saber. La incertidumbre nos carcome, en vez de tranquilizarnos.


¿Tranquilizarme la incertidumbre? ¡Imposible! No, no es imposible cuando no quieres dominar sobre cada cosa, cada persona, cada situación o cada paso que das en la vida. Si entendieras que nada de lo externo está en tus manos, sentirías alivio. Y con esa serenidad, podrías actuar en base a lo que es mejor para ti, sin dañar a nadie.


Es miedo de no tener, de no hacer, de no ser. Es miedo de no estar a la altura, de no ser digno, de no merecer. Es miedo de perder, de ganar, de fallar y de triunfar. ¡Es miedo! Solo eso. Por eso me gusta mucho la pregunta ¿qué harías si no tuvieras miedo? La respuesta es exactamente lo que debes hacer y punto.


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No hay control posible


Porque, la verdad, no hay control posible. No puedes controlar las circunstancias para que estén a tu favor, déjame decirte algo: casi nunca estarán a tu favor, la maestría está en ser feliz a pesar de ello. Porque, además, como no sabes nada, de nada, tampoco sabes qué es estar a favor. Eso que ves como una tormenta, quizás no lo es, es solo una oportunidad de evolucionar y crecer. Pero, tus pretensiones de saberlo todo y controlarlo todo, cree que pueden decidir lo que está “bien” y lo que está “mal” y sentirte bien o mal según sea el caso.


No estás obteniendo lo que deseas de corazón porque tú eres tu propio obstáculo. Duele, cuesta aceptarlo, pero es así. Si solo te enfocaras en ti, en eso que deseas, en estar en paz y feliz, la vida sería muchísimo mejor de lo que imaginas. De hecho, tu imaginación se queda pequeña con lo que de verdad la vida, Dios, el Universo, pueden darte.


Pensar pequeño no es solo ser conformista, pensar pequeño es creer que tu imaginación es todo lo que puedes tener. Yo prefiero pensar que no estoy ni cerca, que lo que merezco es mucho mejor de lo que mi mente se empeñe en creer.


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